(Chile) Palabras de Carla, luego de la muerte de Juan Aliste

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14 de octubre de 2026

Hoy, justo hoy, hablar de Juan parece imposible y ridículo, hoy que es un día de estos días que se sienten como un tiempo disperso y ajeno.

Es ridículo tan solo pensar en cómo hablar de Juan, quizás cómo hablar para Juan o desde Juan, hablar con Juan. Ponderar qué historia elegir al narrar, qué anécdota entre miles, qué paisaje, qué decisión, qué conquista. Cuál sensación describir, cuál caricia, cuál risa o desconcierto.

Dónde empezar a decir algo de todas estas expresiones de Juan, o decir algo de alguna expresión de Juan. Proponer un tono acerca de Juan.

Todo de esto y de aquello que yo pueda decir de Juan, tiene origen y destino último en una verdad total e indiscutible sobre Juan: Juan ha sido la persona más libre que he conocido.

Abrazó la libertad como al más bello de los riesgos y la vida le sucedió estruendosa e intensa. La vida se arriesgó en él, la vida lo envolvió incandescente, la vida emanó del pacto intransigente con los muertos, con la memoria y con la historia.

Esa experiencia trastornadora de libertad encontró asilo en una férrea voluntad, una delirante porfía que dominó cada decisión y cada acción desde muy pequeño hasta la última de las fuerzas.

Aquella libertad vital caminó de la mano de los miedos. Domesticó con ternura el miedo a la soledad, al dolor, al amor, al apego, el miedo a la pérdida, a la desnudez, a las palabras o al silencio. La libertad vital desafió fuertemente el miedo a confiar, sometió al miedo a la traición, al perdón, al cisma.

El miedo a la adulación, al elogio, al oportunismo y al protagonismo dio vida a la libertad vital.

Nunca hubo miedo a los enemigos.

Juan y yo nos conocimos hace casi 19 años, en un tiempo de cielo, mar, noche, juventud y vigor. También nos conocimos desde siempre, en un tiempo de juego y complicidad, de imaginación, sueños y memorias. Juan y yo nos amamos, nos acompañamos, nos contuvimos y nos aprendimos casi siempre con amor. Juntos erramos y juntos retozamos en algún escurridizo acierto.

Ahora que sobrevino esta muerte, hablar de Juan parece imposible y ridículo, incómodo, torpe y muy triste. Todxs somos muchos y estamos en muchos lugares. Todxs tenemos mucho dolor y le tenemos miedo a este dolor.

Finalmente, si es cuestión de especular, creo que Juan si padeciera este dolor estaría asustado frente al miedo, así como todxs lo estamos. También creo que Juan frente a este miedo, poco a poco, día a día, lo moldearía pequeño, denso y aerodinámico para percutarlo sin miedo contra el miedo y contra el enemigo. También creo que, paso a paso, lo volvería polvo que deflagra y rompe. Una vez acriminado el miedo se daría a gozar el olor seco en el aire, y el momento sordo de ruido.