recibido el 05/10/2026
Avivando la llama de la revuelta: reflexiones y perspectivas sobre la lucha callejera en el territorio chileno.
(Kalinov Most#1 Octubre 2017)
Fotografía de una jornada de violencia callejera.

Observan atentos. Esperan. La manifestación se desarrolla en relativa calma; consignas, proclamas y banderas de distintas tendencias expresan identidades de lucha, unas contra el capitalismo, otras contra el sistema y algunas contra la dominación y lo establecido. Poco a poco cubren sus rostros y comienzan a utilizar el material que trajeron para la ocasión; pintura, martillos y cócteles molotov. Previamente habían acordado un nombre para su grupo con el cual se pudieran llamar en caso de perderse en la vorágine del combate callejero. Se trata de algo simple: gritar el nombre en cuestión para reagruparse y continuar con su camino destructivo. Otros grupos hacen lo mismo. Deben cuidarse de la policía y de los ataques del ciudadanismo de izquierda tan frecuentes en estas manifestaciones. Lanzan botellas con pintura al carro policial, un cóctel molotov a los antidisturbios y a una sucursal bancaria. En la otra vereda una joven de no más de 20 años rompe a martillazos los cristales de una farmacia. Arden basureros y contenedores con los que se hacen improvisadas barricadas. El fuego y el gas de las lacrimógenas se convierten en protagonistas de la jornada. Agitadxs y contentxs se retiran mientras siguen los disturbios…
Luego, por la noche, se dirigen a la periferia de Santiago de Chile, a una población con una larga historia de lucha, donde rápidamente se alistan para un nuevo combate. Esta vez la situación es diferente y se requieren materiales de otro tipo, junto con los cócteles molotov llevan armas cortas, revólveres y pistolas, junto con escopetas artesanales para atacar a la policía. El resplandor de un cóctel molotov al medio de la calle enciende la barricada y les anuncia que la batalla ha comenzado. Se acerca el carro policial lanzaguas y es recibido por una ola de fuego que lo hace retroceder. Poco a poco el fuego da paso a los intermitentes disparos dirigidos contra la policía que está apostada al otro lado de la avenida que también utiliza sus armas de mayor calibre. No arremeten. Esperan cautos y temerosos. La noche avanza y las energías se empiezan a agotar. El material se termina y con éste la intensa jornada de lucha.
Características y particularidades de la lucha callejera en la región chilena.
Las protestas y movilizaciones en la calle han sido una constante en el territorio chileno, variando en intensidad, consignas y objetivos según el momento político-social en que se desarrollen. Si bien no es nuestra intención profundizar en el recorrido histórico de este tipo de manifestaciones, creemos pertinente hacer referencia a ciertas especificidades necesarias para abordar y hacer posible un acercamiento a este tema.
A partir del relato anterior se puede observar que, generalmente, son dos los escenarios donde se lleva a cabo la lucha callejera de carácter masiva: las calles y avenidas del centro de las grandes ciudades y las poblaciones[1] ubicadas en la periferia de Santiago, cada cual con sus elementos y características particulares. Las primeras se desarrollan por la mañana y las segundas, más intensas, y que implican innegablemente un mayor riesgo, por la noche, extendiéndose en ocasiones hasta la madrugada. No es cualquier población el espacio donde se da la confrontación, es especialmente en las que tienen una trayectoria histórica de lucha iniciada desde comienzos de la dictadura o incluso antes, donde sus pobladores poseen vasta experiencia en lo que se refiere a la represión, debiendo generar diversos mecanismos para hacerle frente. Muchxs de ellxs se han implicado y se implican en la dinámica del combate, lo cual, entre otros aspectos, ha creado una identidad propia de la población que se re-elabora constantemente a partir del conflicto[2].
Las fechas específicas que constituyen momentos de lucha representan otra de las particularidades de lucha callejera en el territorio chileno. Las conmemoraciones del golpe militar (11 de septiembre de 1973) junto con la del “Día del Joven Combatiente” (29 de Marzo de 1985[3]) son jornadas de violentas protestas que se repiten ininterrumpidamente año tras año, no importando el gobierno que esté de turno. No sólo son los grupos u organizaciones de las diferentes tendencias políticas los que actúan esos días sino que son miles las personas que participan de los disturbios, ya sea en el centro de las ciudades o en las poblaciones, atacando a la propiedad y a la policía, generándose en ocasiones un ambiente carnavalesco en el que los individuos desatan sus pasiones de manera espontánea, destruyendo lo que los perturba diariamente. A parte de las protestas realizadas en esas conmemoraciones, son múltiples las manifestaciones que, por diferentes motivos, dan paso a disturbios violentos de manera cada vez más recurrente. Lo que hasta hace unos años eran marchas pacíficas hoy se han convertido en instancias de lucha callejera.
No obstante, junto con estos dos escenarios descritos existe otro no menos importante: las universidades. Estos espacios de estudio han sido lugares de intensos combates callejeros desde hace décadas y en donde una gran cantidad de individuos ha dado sus primeros pasos en el enfrentamiento tanto en lo teórico como en lo práctico. Lo interesante y particular de estas experiencias es que las movilizaciones violentas que se llevan a cabo no son únicamente por las demandas o reivindicaciones estudiantiles, incluso pocas son las determinadas por dicho aspecto. Los motivos para la confrontación son diversos, entre los que se encuentran la libertad de lxs presxs en guerra, la autodeterminación del pueblo mapuche, la respuesta a una operación represiva, la conmemoración de la muerte o asesinato de algunx compañerx y otros. Por lo tanto, las universidades constituyen un espacio de lucha en general, donde los grupos de afinidad anarquistas tienen una presencia importante y una actividad permanente.
Miradas y posicionamientos inacabados.
La lucha callejera de carácter violento es una realidad. Su trayectoria y presencia constante en la actualidad son innegables. Aunque por momentos exista una relativa calma donde las calles son transitadas principalmente por ciudadanxs enceguecidxs por el consumismo, el quiebre se produce (como lo pudimos ver recientemente en Hamburgo), la normalidad es alterada y los disturbios nuevamente toman la palabra. ¿Cuál es el propósito de este tipo de práctica? ¿Qué se quiere lograr destruyendo la propiedad y atacando a la policía? Son diversas las maneras de entender la violencia callejera en cuanto a su utilidad, objetivos y sentido, no siendo el propósito de este artículo abordar cada una de éstas, como por ejemplo las patéticas posturas pacifistas, del estilo “Indignadxs” del 15M ibérico, que exaltan el victimismo. Sin embargo sí creemos necesario reflexionar sobre algunas en la medida que aclaran nuestro posicionamiento sobre el tema en cuestión.
Importantes han sido los planteamientos que entienden la lucha en las calles como un medio o estrategia de autodefensa de lxs manifestantes contra los aparatos represivos del Estado. Esta postura parte de la base que la violencia de quienes protestan sólo es legítima cuando es llevada a cabo como una respuesta para hacer frente a la agresión de las fuerzas del orden y seguridad en su afán por impedir las expresiones de disidencia y mantener el pretendido control social. Las protestas, por lo tanto, serían esencialmente pacíficas demostraciones de repudio contra algo o alguien sin alterar la normalidad ciudadana y siempre dentro de los límites que imponga el poder. La violencia callejera, bajo este punto de vista, sólo estaría justificada si es ejercida como un medio para repeler los ataques policiales y defender la manifestación, nunca como una expresión ofensiva que busque quebrar, aunque sea por instantes, lo establecido. Así, podemos ver que el trasfondo de esta manera de entender la lucha callejera está íntimamente ligada a las demandas ciudadanas que abogan por más derechos sociales, ya que lo que se pretende defender es el derecho a la protesta (siempre pacífica) y, en definitiva, a la libertad de expresión, que estaría siendo pasada a llevar por la represión. Se está conforme con las rejas y barreras que delimitan la manifestación, se está conforme con el trayecto que se imponga a ésta, se está conforme con la presencia provocadora de la policía, todo eso y más es aceptado sin rechistar. Esta postura sin ser pacifista, es pasiva en cuanto a que no intenta tomar la palabra, espera a que se desarrollen los acontecimientos para reaccionar y no provoca instancias ni momentos de ruptura porque les son incómodos. Priorizan la tensa calma impuesta antes que el ataque que de paso a disturbios. La violencia de carácter ofensiva dentro de este marco no sería una práctica válida según lxs exponentes de la autodefensa; más aún, la reprimen con dureza, incluso muchas veces con la ayuda de quienes dicen ser sus enemigos: la policía.
Otra postura, que puede o no estar relacionada con la anterior, es la que entiende la lucha callejera únicamente como un instrumento para lograr determinadas demandas, es decir, como un medio de presión para conseguir un objetivo. Innumerables han sido las protestas violentas por una educación gratuita y de calidad, otras por el cierre o la no construcción de alguna represa o proyecto minero, otras por la derogación de una ley,… y así infinidades de demandas o exigencias que originan combates callejeros de mayor o menor intensidad. Se tiene la idea de que mientras más cantidad de gente participe de los disturbios y mayor sea la intensidad de éstos, las posibilidades de lograr el objetivo deseado aumentan. No es nuestra intención criticar esta manera de ver la lucha callejera, ya que muchas veces sí resulta ser efectiva en este sentido. La violencia en las calles de manera constante y prolongada en varias ocasiones ha hecho retroceder a distintos gobiernos de turno en esta parte de sudamérica, permitiendo victorias parciales que no dejan de ser significativas, y representan impulsos concretos para continuar y profundizar las diferentes luchas[4]. Esto infunde ánimos y energías a quienes participan de estas experiencias, como también a lxs que las observan y entienden que los logros se han debido a la práctica violenta en las calles. Sin embargo, pensamos que centrarnos sólo en su aspecto instrumental conlleva a establecer límites a las diversas expresiones rebeldes, impidiendo que se propaguen como un reguero de pólvora. De esta manera, se pone freno al desencadenamiento de las pasiones y a todo el abanico de posibilidades que abre.
¿Es que vamos a conformarnos sólo con victorias parciales? ¿Una vez logrados los objetivos inmediatos deja de tener sentido la violencia callejera? Y si no se logra el propósito pretendido ¿Es que la lucha en las calles no tiene validez alguna?
Entender que la lucha callejera, en toda su amplitud y complejidad, es únicamente válida para lograr una u otra demanda implica pasar por alto una serie de aspectos importantes referidos a la experiencia individual de transgresión legal, como también a la necesidad de mantener y propagar el combate contra la autoridad en cualquier momento y lugar. Por otra parte, quedarnos sólo con los triunfos parciales es negar una posición de guerra contra la dominación en la medida que circunscribe el conflicto y el enfrentamiento a un hecho o problema puntual, desestimando la necesaria apuesta por la destrucción de lo existente. Esto muchas veces (que no todas) lleva consigo el tránsito a planteamientos de carácter reformista, ya que lo único que se pretende es embellecer al sistema, hacerlo más humano y habitable. Conformarnos con victorias parciales y estancarnos ahí nos introduce, inevitablemente, en el cívico mundo de los derechos civiles, transformando nuestra lucha en un eslabón más de la cadena de dominación.
Generar el conflicto, agudizar la tensión.
La acción violenta tiene como característica la búsqueda de la diversión y el placer en el ataque a quien nos oprime. Es una práctica sencilla que todos y todas pueden realizar. Con el ataque se desmitifica al poder, rompiendo la falsa apariencia de paz y control social, y mientras más continuos y seguidos sean los enfrentamientos, más se reproduce la revuelta y el ambiente de tensión social. Practiquemos el vandalismo. Ningún acto de revuelta es ciego e inútil (Anónimo. “Ciudadanxs, No! Desbordando al movimiento estudiantil”)
La violencia callejera, pensada y practicada como una herramienta ofensiva que busca quebrar los moldes ciudadanos de la normalidad, abre posibilidades desconocidas e insospechadas. No existe certeza alguna de lo que pueda traer la proliferación de los disturbios pero eso lejos de detenernos nos motiva y entusiasma. Una posición ofensiva es propositiva y provocadora por cuanto crea e idea condiciones para el enfrentamiento, implica necesariamente la utilización de la imaginación que toma las riendas de nuestro actuar, rompiendo con los posicionamientos de espera que oxidan la revuelta. Entiende, por tanto, que no es imprescindible recibir los golpes de la policía para reaccionar, sino que el ataque al poder está justificado siempre y en todo lugar. Intentar generar grietas a lo establecido es válido en todo momento, simplemente porque queremos ser dueños de nuestras vidas.
Un aspecto importante de la lucha en las calles es que representa una experiencia individual y colectiva de quiebre con la legalidad, es un salto hacia la transgresión de lo impuesto donde se superan límites y se amplía la mirada. Llevar adelante iniciativas violentas permite al individuo mirar de otra manera su vida y su entorno; permite comenzar un camino de re-apropiación de su existencia y tomar el control de su quehacer; permite también visualizar objetivos que se creían inalcanzables, lo que. Indudablemente, posibilita un crecimiento personal imposible de darse en la aburrida cotidianidad de un/x esclavx asalariadx pacificadx. Estas instancias de combate callejero han sido propicias para que muchxs compañerxs den sus primeros pasos en el camino de la confrontación y la práctica ilegal; son espacios de aprendizaje en el que se comparten estrategias y tácticas que, posteriormente, serán reproducidas, y, en algunos casos, cualificadas y profundizadas. Estos últimos años hemos visto en este territorio cómo jóvenes estudiantes de colegio que, desde su participación en protestas masivas, han emprendido acciones de violencia autónoma y combativa en los mismos recintos escolares, como cortes de calles y enfrentamientos con la policía en solidaridad con presxs anarquistas o recordando a compañerxs muertxs en la lucha. Esto es sólo un ejemplo de la extensión de la lucha callejera de carácter anarquista en la región chilena.
La contradicción que supone vivir dentro de la sociedad, con todo lo que esto conlleva, genera diversas tensiones que irán variando de intensidad según la coyuntura o situación específica. La tensión, por lo tanto, siempre está presente, de alguna u otra manera, expresándose de diferentes formas. Evidentemente la lucha callejera es una manifestación de dicha tensión, corresponde a una expresión explosiva de rechazo contra el dominio, ya sea contra algo o alguien en particular o bien contra todo lo existente. Partiendo desde este punto es donde la violencia callejera anarquista tiene mucho que decir y, en ocasiones, lo ha hecho al intentar prolongar y agudizar la tensión. Como bien señala un grupo anarquista de la región de Grecia en el marco del proceso insurrecional ocurrido en diciembre de 2008; “en medio de un fuerte conflicto social, elevas la tensión de los ataques”. Más allá de la situación específica que provocó el disturbio, nuestra apuesta es que la llama no se apague, incluso que crezca y se extienda, tensionando y tensionándonos en el combate callejero visto como una instancia de ruptura con lo establecido, porque entendemos que el anarquismo lejos de ser una realización es una tensión.
Para finalizar, y a modo de dar paso a futuros debates e intercambios de ideas, resulta necesario hacer referencia a ciertos aspectos presentes en la lucha callejera de la región chilena que, a nuestro entender, constituyen limitaciones que impiden su expansión y cualificación. La continuidad, por años, del combate callejero en determinadas fechas y lugares ha provocado, en muchos casos, que la práctica violenta se transforme en una rutina donde la superación de límites es casi inexistente, lo cual inevitablemente lleva a su normalización. Perpetuar maneras de ejercer la lucha callejera nos lleva a verla como un fin en sí mismo y como una instancia que puede llegar a ser cómoda desde donde podríamos expresar nuestra rebeldía sin mayores inconvenientes. Creemos entonces que resulta imprescindible ir constantemente rompiendo barreras, afilando nuestras ideas y discursos e innovando en estrategias y tácticas para otorgarle el dinamismo necesario al desarrollo y a la profundización de la lucha callejera.
[1] Son sectores ubicados, generalmente, en el extrarradio de las grandes ciudades, conocidos también como barriadas en otros territorios, donde residen históricamente lxs explotadxs de la sociedad.
[2] Poblaciones como La Victoria en Santiago de Chile se han creado a partir de la lucha por la vivienda llevada a cabo por gente llegada desde sectores rurales. Desde sus inicios (década del 50) sus pobladores han vivido en lucha desde diversos ámbitos, por el agua, alcantarillado, pavimentación, etc., lo que inevitablemente conlleva enfrentarse a la represión.
Poblaciones como ésta fueron muy activas antes y durante la dictadura, llevando a cabo experiencias comunitarias y autónomas de resolución de problemas. Las organizaciones armadas que combatieron a Pinochet realizaron un arduo trabajo político en estos lugares, donde muchas veces establecieron bases y casas de seguridad. Todo esto constituye parte importante de la memoria histórica de la población, memoria que continúa reinventándose a partir de los conflictos actuales.
[3] El 29 de marzo de 1985 los hermanos Rafael y Eduardo Vergara Toledo, militantes de la organización
armada Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), son asesinados por Carabineros de Chile
dentro de una patrulla policial. Esa fecha es conocida como el “Día del Joven Combatiente”, donde se conmemoran estos asesinatos produciéndose, hasta la actualidad, enfrentamientos con la policía y destrucción de la propiedad en diferentes partes de Santiago.
[4] El año 2011 el gobierno de turno pretendía construir 5 hidroeléctricas en el sur de Chile. Frente a lo cual se realizaron masivas y violentas protestas que llevaron a que el gobierno diera marcha atrás y desistiera de sus pretensiones. Otro ejemplo son los constantes cambios en las leyes de educación que han provocado las manifestaciones violentas de los estudiantes que se han dado los últimos años.