(Grecia) «Siempre adelante, hasta la victoria» / Algunas reflexiones sobre nuestro juicio por Marianna Manoura

extraído desde Indymedia Atenas y traducido por nosotrxs


«Siempre adelante, hasta la victoria» / Algunas reflexiones sobre nuestro juicio
por Marianna Manoura

Despedida de Anna Maria Mantini a su hermano Luca Mantini, muerto por disparos de la policía y miembro de NAP

El 24 de mayo de 2026 llegó a su fin el juicio del llamado «caso Ampelokipi», después de agotadoras y consecutivas sesiones y, tras doce jornadas judiciales densamente programadas, el tribunal, presidido por Spyros Georgouleas, con Alexandra Pischina como fiscal, decidió condenarme a 19 años por los cargos de pertenencia y participación en una organización terrorista, fabricación de artefactos explosivos, adquisición de sustancias explosivas, explosión con dolo eventual y daños a propiedad ajena; y condenar a mi compañera Dimitra Zarafeta a 8 años por los tres primeros de los cinco cargos mencionados.

Esta decisión quizá no constituya una excepción a la regla, pero permite poner de relieve las correlaciones que configuran el terreno de la nueva política represiva, particularmente contra cualquiera que resista. Las condenas impuestas tanto a mí como a mi compañera se sustentaron enteramente en las directrices del Ministerio de Protección Ciudadana, en las autoridades antiterroristas y en la interpretación activa del tribunal, cuya aparente adhesión a la legalidad y a la objetividad pareció agotarse en la puesta en libertad de tres de los cuatro coacusados que no tenían ninguna implicación en el caso.

Esto, por supuesto, no ocurrió con la compañera Dimitra Zarafeta, a quien el tribunal —con una imaginación desbordante— condenó a 8 años por actos con los que no tenía absolutamente ninguna relación, basándose únicamente en su identidad política anarquista, en sus relaciones personales y de compañerismo conmigo y con el compañero Kyriakos, y en su postura inquebrantable y solidaria durante todo nuestro encarcelamiento y el proceso judicial.

Con esta decisión, el aparato represivo y judicial intentó, sin éxito, enviar mensajes de intimidación y escarmiento, así como imponer el aislamiento de compañeras y compañeros y el aislamiento social a quienes, hombres y mujeres militantes, eligen la lucha armada o la ayudan.

Por otro lado, en mi propio caso, el aparato represivo desplegó su espíritu de venganza, atribuyéndome todos los cargos originales pese a la propuesta más favorable de la fiscal. A pesar de la acusación imprecisa, de la imposibilidad de identificar a la (desconocida) organización terrorista, y mucho menos a sus (desconocidxs) demás miembros y sus (desconocidas) «acciones», se me impuso una pena desproporcionadamente elevada, basada ante todo en mi propia elección de reconocer la decisión de mi compañero de optar, entre otras cosas, por la acción armada, imaginando la transformación social de la sociedad y la abolición del Estado y del capital.

Y, como segundo «elemento de prueba», en mi decisión —nuevamente libremente adoptada— de asumir la responsabilidad política por haberlo ayudado en esa decisión. Defendí esta elección mía desde el primer momento y continuaré defendiéndola hasta el final. No solo porque de esta manera estuve al lado de mi compañero hasta su último momento, sino también porque, al ayudarlo, contribuí al complejo mosaico de la resistencia.

Esta contribución mía, al igual que la decisión de mi compañero, no tuvo lugar en un vacío histórico, sino dentro de una coyuntura muy concreta. Precisamente en uno de los períodos más difíciles de la historia posterior a la dictadura, en el que el aparato estatal se limita, en primer lugar, a exhibir los «peligros» de los que nos protege, desorientando de este modo el descontento generalizado, y, en segundo lugar, a blindarse continuamente mediante el endurecimiento de las leyes existentes y la promulgación de nuevas legislaciones contrarrevolucionarias, manteniendo así su dominación y preparando un arsenal jurídico para la represión de cualquier forma de resistencia social.

Más allá de la estrategia del aparato estatal, el aparato represivo se fortalece simultáneamente mediante unidades especializadas y medios tecnológicos cada vez más sofisticados, intentando imponer la ley y el orden que predica el aparato estatal.

Y todo esto mientras los movimientos radicales parecen, por el momento, estar perdiendo la confianza en su capacidad colectiva para crear un mundo nuevo, interiorizando al mismo tiempo un sentimiento de impotencia y hundiéndose en una fase de repliegue.

Esta coyuntura desfavorable otorga un peso particular a elecciones como esta. En concreto, mi compañero eligió, con optimismo, trascender tanto a sí mismo como a las circunstancias adversas, recorriendo este camino difícil pero necesario. Recordándonos que mientras existan el Estado y el capitalismo, mientras existan Tempi, Pylos, Violanta, mientras existan Mangos, Manioudakis, Kamran y Theodoros, la resistencia por todos los medios no es cosa del pasado, sino una necesidad permanente y vigente.

En este juicio no defendí únicamente mis propias elecciones y las de mi compañero, ni exclusivamente el carácter revolucionario de quienes eligen dedicar su vida a la lucha. Al mismo tiempo, intenté dejar claro que la ética y la responsabilidad revolucionarias no tienen nada en común con el código moral del complejo de poder y su cultura.

Así, me planté ante los residentes del edificio, en unas circunstancias particularmente hostiles, reconociendo mi sentido de responsabilidad hacia ellos y describiendo con exactitud el contenido de nuestras reivindicaciones, que no tienen nada que ver con la lógica de los daños colaterales y de los sacrificios necesarios tal como los representan el Estado y el capital.

De hecho, el hecho de que vivamos un período en el que los representantes políticos del sistema niegan cualquier responsabilidad por cualquier falta, desde un escándalo económico hasta un asesinato de Estado; en el que se pasan la responsabilidad unos a otros como una patata caliente, mientras al mismo tiempo interpretan e incluso invierten la realidad con una habilidad goebbelsiana, convierte la ética y la responsabilidad revolucionarias en una clara «disonancia» y en una diferencia sustancial entre estos dos mundos.

Una diferencia entre un mundo en el que la hipocresía, el encubrimiento y la negativa a asumir responsabilidades son reproducidos principalmente por el orden dominante y adoptados en segundo lugar por los mecanismos que lo protegen, y un mundo en el que la responsabilidad, la autocrítica y la colectivización construyen una comunidad de solidaridad, respeto mutuo y libertad.

En nuestro caso, pues, el aparato judicial, a través de este tribunal, representó su propia obra, avanzando trabajosamente durante un mes entero.

El protagonista de la obra, Georgouleas, perfectamente elegido para presidir el juicio, con su perfil escrupulosamente imparcial y observando todas las formalidades necesarias, proclamó repetidamente durante todo el proceso que todo estaba siendo investigado, intentando sin éxito crear la ilusión de que la justicia burguesa funciona, de que es objetiva e independiente.

En un papel coprotagonista, la fiscal Pischina —también perfectamente elegida—, con un estilo más espontáneo, a menudo irónico y en ocasiones provocador, intentó desesperadamente, aunque sin éxito, convertir a los testigos de la defensa en testigos de la acusación, formulando preguntas destinadas a extraer información sobre las tácticas de la acción armada e intentando adaptarlas a nuestro caso, hasta llegar finalmente a una propuesta —aunque más favorable que la sentencia— basada enteramente en su rica imaginación.

Tampoco puedo omitir a las dos juezas asociadas, que o bien realmente no tenían ningún interés en el caso, o bien se habían alineado con el presidente, o bien se habían resignado a su desenlace predeterminado.

En esta representación cuidadosamente escenificada, todos y cada uno de ellos desempeñaron su papel con precisión y naturalidad. Aunque esta representación determinaría la vida de cinco personas, fue ejecutada profesionalmente, con frialdad y con las autoridades antiterroristas haciendo de apuntador.

Incluso recibió comentarios tan elogiosos que llegó a producir ascensos, como en el caso del presidente, quien apenas tres semanas después de la sentencia fue ascendido a miembro del Areópago.

Aunque el telón cayó con el desenlace esperado, el proceso dejó su propia huella política. En un momento en que el gobierno ha proclamado orgullosamente «el fin del período posterior a la dictadura», situando incluso el desafío armado en una época que ya parece haber pasado, este proceso —tanto por el rico contenido que le dieron las declaraciones de los testigos de la defensa, que representaban todas las tradiciones políticas y formas de lucha del movimiento radical más amplio, como por nuestras propias declaraciones, que defendían la memoria revolucionaria de unx anarquista combatiente que cayó en la lucha, su trayectoria política y su asalto singularmente explosivo a los cielos— defendió la vida frente a la muerte, la determinación frente al compromiso, la fe espontánea en la causa frente al extendido espíritu de derrotismo.

Defendió la elección de la vida que vino a recordarnos que la acción armada no solo sigue siendo vigente, sino que también puede ser asumida y defendida. Así, la sala del tribunal se transformó en un campo de propaganda y confrontación política.

El carácter político del juicio resultó evidente no solo por nuestras declaraciones, sino también por el propio tribunal y por las preguntas relativas a nuestra actividad y nuestras posiciones políticas. El tribunal no dudó en calificar de «regalo de escaparate» la donación de GEK TERNA para reparar los daños provocados por la explosión en el edificio de apartamentos, ni en denunciar la actitud del Estado hacia los funcionarios judiciales.

Así, el núcleo del artículo 187A, que pretende despolitizar la resistencia armada y tratarla aparentemente como un delito penal común, quedó quebrado. Las dos embarcaciones sobre las que se sostiene la legislación antiterrorista se hundieron bajo el peso de sus propios defensores, pues resultaba imposible separar los motivos del acto mismo.

Motivos que no eran otros que el impulso de la perspectiva revolucionaria hacia un mundo más justo, más solidario y más igualitario. Motivos enteramente políticos, íntegros y desinteresados.

La batalla política librada dentro de la sala no solo logró poner al descubierto el esfuerzo sobrehumano, aunque infructuoso, del aparato estatal y judicial por despojar a la contraviolencia política de su contenido político y quebrar el falso dilema entre legalidad e ilegalidad; también logró hacer visible la parcialidad de la justicia burguesa.

Una justicia que, al mismo tiempo que muestra una tolerancia sistemática hacia los delitos cometidos por «los suyos», reserva el trato más severo y vengativo para quienes reconoce como sus adversarixs políticxs.

Al mismo tiempo, pues, que el escándalo de las escuchas telefónicas se guarda en un cajón, que el escándalo de los millones de euros de OPEKEPE queda sellado y que el juicio de Tempi lucha incluso por comenzar, la justicia burguesa revela no solo a quién encubre y protege, sino también hacia quién mostrará su rostro más implacable.

Un ejemplo característico lo proporcionan las últimas detenciones y prisiones preventivas de anarquistas, que tuvieron lugar en medio de un clima de histeria terrorista organizada. El Estado lanzó una campaña represiva generalizada de contrainsurgencia y contra el anarquismo, acompañada por el correspondiente frenesí periodístico y una retórica macartista equivalente.

Sin embargo, lo único que esta estrategia logró revelar es el pánico y la incertidumbre que atraviesan al gobierno, que, incapaz de ofrecer respuestas políticas, recurre a aglutinar a su electorado de extrema derecha, atacar a los movimientos sociales, aplicar una estrategia de tolerancia cero y llevar adelante una política de encarcelamiento sistemático.

Más allá del aniquilamiento penal ejemplarizante, sin embargo, el objetivo de este juicio concreto era la desvalorización política y moral tanto de estos medios particulares de lucha como de todos aquellos que los ayudan, se solidarizan con ellxs o se inspiran en ellxs.

Por un lado, el tribunal intentó deslegitimar moralmente la contraviolencia revolucionaria, sosteniendo que es algo irracional y desvinculado de la conciencia y la tradición social y de resistencia. Este intento, sin embargo, no encontró eco. Por el contrario, puso de manifiesto la dificultad de separar estas formas concretas de resistencia del contexto histórico, social y político en el que nacieron y se desarrollaron.

Por un lado, los testigos de la defensa, a través de sus trayectorias y posiciones revolucionarias, pusieron de relieve el carácter permanente, la necesidad y el internacionalismo de esta forma particular de lucha, cuyo hilo atraviesa toda la historia de la lucha revolucionaria, demostrando así la necesidad humana innata de igualdad y libertad, así como el instinto permanente de solidaridad y ayuda mutua.

Por otro lado, el hecho de que los propios residentes del edificio hicieran hincapié en la actuación del gobierno y no en nuestra opción política, así como el hecho de que el abogado de la parte acusadora reconociera nuestro ethos, debilitó aún más este intento.

Además del fallido intento de criminalizar socialmente la lucha armada, el aparato judicial intentó disminuir moralmente nuestros métodos y prácticas atacando la calidad de nuestras relaciones sociales. Al describir nuestras relaciones según sus propias definiciones, intentó sembrar inseguridad, sospecha y división, fracasando una vez más.

La defensa de nuestras relaciones y de la solidaridad, el rechazo de la separación y la decisión de avanzar juntos a cualquier precio confirmaron en la práctica la resistencia y la solidez de nuestras relaciones de compañerismo.

Además, el hecho de que la sala estuviera abarrotada todos los días y la presencia continua de personas solidarias, tanto dentro como fuera de ella, junto con todas las acciones de solidaridad del período anterior, demostraron a su vez que el distanciamiento y el miedo a la represión no tienen cabida dentro de un movimiento que demuestra continuamente su solidaridad y su combatividad.

Lo único que consiguió todo este esfuerzo fue demostrar que el Estado y el capital, por mucho que intenten ocultarlo, saben que su omnipotencia no está garantizada. Su violencia cotidiana puede ser respondida y enfrentada, y la esperanza revolucionaria puede sobrevivir incluso hoy.

Hoy, cuando cientos de personas están siendo asesinadas en los frentes de guerra y otras tantas mueren de hambre y por una atención médica insuficiente en paisajes devastados por los bombardeos. Donde la mera supervivencia constituye una apuesta cotidiana y los sueños adolescentes yacen en los bajos abiertos de un edificio de apartamentos. Hoy, cuando el capitalismo se presenta como la única forma posible de organización social y el Estado como el único garante de la seguridad y el bienestar. Donde el sistema parece más invulnerable que nunca y el monopolio de la violencia estatal parece no tener límites.

Incluso hoy existen hombres y mujeres militantes que se niegan a renunciar a su derecho a la dignidad, a la vida y a la resistencia. Su ethos, su perseverancia y su determinación demuestran de la manera más directa que ni la historia ha terminado ni la perspectiva revolucionaria ha desaparecido.

Que depende de nosotrxs que la explotación y la opresión continúen, y que depende de nosotrxs combatirlas en los sindicatos, las universidades, las huelgas y las ocupaciones. Que depende de nosotrxs que prevalezcan el repliegue y el derrotismo, y que depende de nosotrxs enfrentarlos mediante reivindicaciones colectivas de intensificación de las luchas, compromiso y dedicación.

Que depende de nosotrxs permitir o no que la represión nos aterrorice, y que depende de nosotrxs mantenernos intransigentemente frente a ella, asumiendo riesgos, planificando y organizando nuestros próximos pasos, permaneciendo siempre solidarixs con quienes enfrentan persecución y con quienes se encuentran detenidxs.

El juicio constituyó un proceso de fortalecimiento y solidaridad, no solo porque la práctica revolucionaria no puede ser condenada en las huecas salas de la justicia burguesa, sino porque quedó claro que la perspectiva revolucionaria tampoco puede ser encarcelada.

Al reconocer nuestra historia y continuidad revolucionarias, defender todos los medios de lucha y nuestras relaciones, afrontar nuestras carencias, individuales y colectivas, y preservar la memoria revolucionaria de nuestro compañero y revolucionario Kyriakos Xymitiris, conseguimos colectivamente —cada unx desde su propia posición— quebrar el relato dominante.

El relato que presenta como «peligrosxs y terroristas» a quienes hipotecan su vida en la lucha contra la injusticia y la opresión, mientras llama políticos respetables, ciudadanos respetuosos de la ley y empresarios distinguidos a quienes son indiferentes a nuestras vidas, quienes se enriquecen sin cesar a nuestras espaldas, quienes imponen su exclusión y su violencia.

Pero este relato no se derriba únicamente en la sala del tribunal, y la preservación de la memoria revolucionaria de nuestro compañero no se garantiza ante presidentes y fiscales.

Requiere compromiso y lucha cotidiana para levantar una barrera frente a la barbarie estatal y capitalista; perseverancia y fe para mantener viva la visión revolucionaria; organización y determinación para intensificar la resistencia; obstinación y esfuerzo para que no prevalezca el olvido que el orden dominante pretende imponer.

Nuevas manos deben extenderse, tomar el hilo revolucionario, continuar la resistencia y cargar con el peso de nuestra historia revolucionaria.

La lucha, después de todo, no se libra en las salas de los tribunales, sino en las calles, día y noche, por todos los medios posibles y también imposibles.

Y aunque Kyriakos estuvo junto a nosotrxs en la sala del tribunal de apelación, su lugar está en la calle: en cada marcha, en cada enfrentamiento, en cada barricada, en cada muro. Está presente en cada acción que quiebra su paz artificial, en cada llama que se enciende e ilumina nuestras noches, en cada consigna que se grita y rompe el silencio, en cada estruendo ensordecedor que obliga al miedo a cambiar de bando.

Pero, por encima de todo, está en el corazón y en la mente de cada persona rebelde. De cada persona que elige la colectivización por encima de la privatización y el aislamiento, la lucha por encima del repliegue, la libertad por encima del consentimiento, la vida por encima de la seguridad.

De este modo, dando respuestas a los dilemas más difíciles, arrojando luz sobre los caminos más difíciles, proponiendo formas de contraataque con imaginación, optimismo y riesgo.

Nada ha terminado. Ni un paso atrás.

Kyriakos Xymitiris, presente.

Debemos solo a quienes
amaron mucho
y vivieron la amargura.
Debemos solo
a quienes lucharon mucho
y vivieron la derrota.
Debemos solo
a quienes soñaron mucho
y vivieron la pesadilla.
Debemos solo
a quienes despreciaron la muerte
y murieron, y están muertos, y
florecen
y perfuman la tierra.
Debemos solo
la luz del mundo.

Esta es nuestra deuda.

Tolis Nikiphorou, 1979

Marianna Manoura,
Prisión de Mujeres de Tebas