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(Chile) Crónica de una despedida al incorregible subversivo Juan Aliste Vega
Recuerdo hace algunos años leer una narración sobre el funeral de Buenaventura Durruti a fines del 36 en Barcelona. Hanns-Erich Kaminski en “El corto verano de la anarquía” lo describía sin tapujos ni heroísmos: “Era un espectáculo grandioso, imponente y extravagante; nadie había guiado, organizado ni ordenado a esas masas. Nada salía de acuerdo con lo planeado. Reinaba un caos inaudito. (…) Nadie daba órdenes, todo ocurría espontáneamente. Reinaba lo imprevisible. Era simplemente un funeral anarquista, y allí residía su majestad. Tenía aspectos extravagantes, pero en ningún momento perdía su grandeza extraña y lúgubre”1. Cuanta verdad en esas palabras, aplicable a nuestro presente, aunque vale hacer la aclaración de que Juan nunca se definió así, no obstante navegó gustoso sobre aguas anárquicas manteniendo honestas y variadas complicidades ácratas. Él era un subversivo. Un subversivo a secas. Un irremediable subversivo al orden.
A las 08:50 del domingo 11 de octubre del 2026 Juan moría en el Hospital Penitenciario. Un cáncer terminal avanzó “sin ser detectado” pese a los múltiples exámenes que los médicos-gendarmes le realizaron durante meses debido a la seguidilla de malestares que ya comenzaba a presentar de forma evidente. Cuando consiguió un diagnóstico real ya era demasiado tarde y solo restaban meses de vida. No hay medias tintas ni complicadas historias que contar: Juan no solo moría en prisión, sino también de prisión. El castigo de los carceleros se convirtió en condena a muerte. No solo permitieron que la enfermedad llegara a una fase intratable, sino que no soltaron a Juan de sus fauces ni siquiera en los últimos días. Las gestiones judiciales que se realizaron y una incipiente campaña por su salud y vida no consiguieron su objetivo. Juan fue asesinado en prisión. Juan fue asesinado combatiendo la prisión.
1991. Los primeros años de la transición a la democracia son entorpecidos por los sucesivos actos de guerrilla urbana que intentan trabar los pactos entre antiguos y nuevos gobernantes. Es en julio donde por primera vez la prensa menciona su nombre: Juan Manuel Aliste Vega. En la crónica periodística se lo ve, con 18 años, salir esposado de tribunales tras soportar la dureza de la incomunicación y tortura. El poder sabe golpear, y en el allanamiento deciden detener también a su padre, Luis. La expropiación a una farmacia por parte del Movimiento Juvenil Lautaro (MJL) no sale según la planificación. Suenan disparos y el cañón aún caliente observa el cuerpo abatido del cabo Manuel Cares Alfaro. Juan es condenado por ese enfrentamiento y comienza un largo periplo carcelario desde la cárcel pública hasta la flamante e inaugurada Cárcel de Alta Seguridad.

Juan detenido
La noticia de la muerte de Juan corre veloz y rauda. La prensa, tristemente, sirve de rápido canal de transmisión en medio de un debate nacional sobre su liberación dando su amargo pronóstico médico. La noticia viaja. Las granjas de bots son reactivadas con sistemáticos comentarios en redes sociales celebrando la muerte de Juan a un ritmo desenfrenado y ridículo. La intoxicación digital es parte de sus armas. Algo temen, algo ven que quizás ni nosotrxs vimos. La noticia de Juan viaja, golpea a compañeros que convivían el presidio con él, golpea a viejos compañeros, golpea a quienes nunca lo conocieron. Golpea. Viaja y golpea.
El poder, no satisfecho con asfixiarlo entre sus garras, se niega a soltar su cuerpo. Las amenazas de decretar la condición de Alto Riesgo para el funeral comienzan a esparcirse como rumores cada vez más insistentes. Esta categoría supondría la prohibición de entregar el cuerpo, de realizar el velorio y la autorización exclusiva para trasladarlo directamente al cementerio, donde solo se permitiría el ingreso de un puñado de personas. Las discusiones en los comités policiales y el Ministerio del Interior concluyen finalmente con la decisión de desistir de esta medida.
Organizar un velorio y funeral de este calibre nunca es fácil, conseguir espacios, armar la logística con horas en contra es por decir lo menos una tarea titánica. El hostigamiento policial está más presente que nunca y son más puertas que se cierran que las que se abren. Todo ocurre en un entrecruce de decisiones, conversaciones y opciones. La dependencia de la burocracia fiscal, una autorización y otra se suman al -nada paranoico- temor a que todo sea demorado intencionalmente como una última venganza. Tratar de ordenar algo similar a una información clara es una dificultad mayor o casi ridícula, prueba de eso fueron las series de informaciones y desinformaciones que circularon aquellas horas y días.
¿Cuántas huelgas de hambre resistió el cuerpo de Juan? ¿Cuatro? ¿Cinco? ¿Diez? Quizás llevar la cuenta resulte, incluso, una tarea difícil. ¿Cuántas veces trabó una reja al interior de la cárcel o desautorizó una orden? ¿En cuántas movilizaciones participó? La cárcel combativa no era una consigna, sino un ejercicio práctico que llevaron adelante prisioneros de distintos grupos políticos durante los noventa. Juan, uno más entre ellos, hizo su aporte a la desobediencia: locutorios que nunca se usaron, indisciplina y espacios ganados al enemigo, hasta conseguir salir en 2001 con beneficios intrapenitenciarios, como parte de las conquistas obtenidas mediante las movilizaciones de adentro y de afuera.
A pesar de que se barajaron opciones en varias poblaciones, finalmente fue el centro, en el barrio Yungay, el lugar elegido, tras algunas reuniones urgentes con los administradores del espacio. Las firmas de miserables burócratas liberaron el cuerpo de Juan y los cielos tronaron. Una tormenta completa e inusual sacudió Santiago. Vientos, relámpagos, truenos, ruido, lluvia, granizos y nieve azotaron la primavera. Al poco andar, la ciudad colapsó. La carroza, transformada en barco, navegó por las calles con las velas en alto. ¿Así era el mar en caleta Inío? De seguro, esta nieve es ridícula comparada con la que se ve al cruzar la cordillera por un paso clandestino. No hay duda: es un pésimo día para navegar, para cruzar la frontera y para hacer un velorio.

Es 2003 y las cajas del banco Santander en Ñuñoa son vaciadas por completo. No queda nada. El grupo de asaltantes, caracterizados para la ocasión, actúa de manera sincronizada, controlando el lugar, sin golpes ni forcejeos, sin insultos ni gritos innecesarios. Juan llevaba un tiempo en la calle, con una “libertad” restringida y entregada a cuentagotas, pero no perdía el tiempo. La lucha y los combates callejeros en las universidades, en solidaridad con sus compañeros que aún permanecían en prisión, formaban parte de las tareas cotidianas. En mayo, Juan es detenido por dicho atraco. Tras pasar unos meses en prisión, finalmente es absuelto. La astucia siempre está permitida.
Compañerxs viajan de distintos lugares. Pasajes en bus, algunxs en avión, permisos en el trabajo, inventar alguna enfermedad, ausentarse sin explicación, ordenar tiempos familiares o a veces malabares con los tiempos que no resultaron. Se va uno de los nuestros, se va uno de esos que llevamos décadas apañando en actividades, se va el hermano de visita, se va el cómplice, el compañero de armas, el compa de ideas.
La compañera, la familia, la hija, todos los cariños presentes… el lugar comienza a ser invadido por flores, coronas de flores, arreglos florales. Una embajada de la primavera en medio de una tormenta que rápidamente transformó todo el espacio en un barrial. Lienzos que tantas veces estaban en actividades solidarias, en movilizaciones, apoyando las huelgas, afuera de tribunales y cárceles por Juan ahora estaban en su funeral. No hay ironía, hay coherencia.
18 de octubre del 2007… ¿18 de octubre? Qué curiosa fecha. La sucursal del Banco Security en Agustinas cerca del cerro Santa Lucia. Un oficinista de terno café oscuro y una corbata rayada entra a la sucursal, desenfunda un arma al igual que otros cuatro. La cámara lo capta. “¡Tiempo!” grita uno de los asaltantes, mientras otros terminan de saltar las cajas. Arrancan, dos al este. La motocicleta estacionada. Todo se demora, llegan los policías en motocicleta, Moyano y Abarca. Disparos de ambos lados. El tiro es perfecto, la puntería magnífica, entra por debajo del chaleco justo cuando, tras disparar, Moyano se baja de la motocicleta. Buena puntería y buena memoria. Luego, la imagen icónica de Moyano en el suelo y más atrás Abarca, por su parte, herido pedía refuerzos.

Cae la noche. La lluvia se detiene o se transforma en una débil llovizna intermitente, pero da igual. En el suelo hay capas de granizo conformando una suerte de nieve y charcos de agua que inundan todo el patio y el ingreso donde están velando al compañero. Los grandes toldos instalados en el patio permanecen inútiles ante la inundación. Nos amontonamos todos, está repleto, cuesta caminar. Hay gente saludándose por todas partes, algunos salen, otros entran. Con premura se consigue armar una improvisada parrilla programática con algunos compañeros que cantan rap y palabras que desde la cárcel hacen llegar sus compañeros. La cocina trabaja a toda máquina sacando sopaipillas, té y café a un ritmo frenético, mientras que “presos sociales” hacen llegar sus coronas de flores, pendones, saludos y aportes. Todo llega y sabe llegar en el momento adecuado. Parcas mojadas, paraguas y botas se entremezclan entre abrazos. El murmullo es insistente en el pasillo que ya no da más, lxs compañerxs desbordan el espacio tomándose las calles. No podía ser de otra forma.
Son 16 años de prisión, o al menos de la última, y esta despedida es prueba de aquello. Abogados que han tomado su causa, ex prisioneros y compañeros de lucha de distintos periodos ¿90, 2000, 2010, 2020? Risas estallan en un lugar y en otro algún desgarrador llanto. Así es, no hay otra forma de vivirlo. Soluciones artesanales comienzan a sucederse en todas partes para llevar el evento frente a las inclemencias del tiempo. Un parlante y un atril estorban en el pasillo transformándose en un escenario.
“No se duerman… les digo, no se duerman, los vamos a encontrar” dijo el general director de la policía, Alejandro Bernales en una directa amenaza de muerte a los cuatro identificados como asaltantes del Banco Security. La clandestinidad fue el camino abierto para mantenerse con vida. Los uniformes verdes deseaban cobrar la sangre. Se sabía y era evidente. “Falsos enfrentamientos” diría la prensa al día siguiente con el cuerpo del prófugo abatido. Las rutas clandestinas tienen paisajes hermosos y otros oscuros. En entretechos, en bosques, con cómplices o con completos desconocidos, Juan Aliste dejó de ser un nombre, ese solo quedaría relegado para la prensa y las carpetas policiales, ahora se transformaba en un peso del cual había que deshacerse.
Las comparsas comienzan a prepararse con sus trajes, platillos y bronces, salen a la calle a entonar sus cánticos de despedida. Una pieza es habilitada, o mejor dicho tomada, por pequeños para pintar y jugar. Afuera los problemas y rivalidades saben convivir. La comparsa ingresa por el pasillo hasta llegar al ataúd y bailarle. Juan mira con ojos impresionados el baile o quizás permanece absorto jugando con lxs niñxs, conspira en alguna esquina, cruza palabras con viejos conocidos o saluda a quienes tanto se han preocupado por él estos años pero no los había visto. Las palabras de los compañeros en prisión comienzan a ser leídas. Algunos escuchan. Nadie escucha. Se quiebra la palabra ahogada en llanto o en otra ocasión es interrumpida por un tambor o platillo que prueba sonido.
“Rodrigo” fue el nombre postizo que eligió Juan. “Rodrigo” era un estudiante de antropología de la Academia (no podía ser de otro modo) que decidió instalarse al sur de Chiloé. En la Caleta de Inío llueve casi todo el año. Años después, la policía filtró informes a la prensa buscando mostrar la vida fugitiva del descarnado asesino. Resultaba imposible ocultar lo evidente, el informe describe su participación solidaria en la construcción de barcos para los pescadores o incluso su asistencia en el parto de una vecina. “Era un tipo muy atento y con buena disposición” declaraba a la policía la mayoría de los pobladores de Inío.2
En uno de los primeros escritos que publicó en prisión, escribió un apartado señalando: “Yo creo que la libertad es algo así”, seguido de un dibujo a mano de un zorrito en un bosque. No había bloque socialista, órbita soviética, fabricas colectivizadas ni plan estatal. Lo más probable es que aquella inspiración de libertad este justamente en los bosques del sur.

Dibujo en funzine «La batalla por los sentidos» de Juan Aliste
Nuevos remolinos movieron los rumbos del prófugo. Había que cruzar la frontera, para lo cual un paso y un contacto de años anteriores consiguieron que se concretara el objetivo. Ya no era lluvia, era nieve. El periplo concluyó en Buenos Aires, donde respaldado con un pasaporte ecuatoriano falso se abría camino por la gran ciudad.
Julio del 2010, detención, interrogatorio, aislamiento, extradición express. Golpes de apoyo sobre el carro de gendarmería le recuerdan a Juan que no está solo. Afuera, Luisa Toledo es quien golpea tras conseguir llegar a la fiscalía militar para brindar su solitario pero potente apoyo. Las cámaras de prensa captan el momento: No estás solo.
El acuerdo con el espacio se sobrepasó en cuestión de horas. “Nadie en la calle para evitar problemas”. Cientos de personas se tomaban Agustinas entre algunos lienzos recién pintados, conversas, recuerdos en torno a Juan y velas (Sí… a pesar de la consigna, sí, prendemos velas). Vuelve a caer una tenue lluvia y la policía que no se había mostrado, cae. Los blindados se forman, parecieran alistarse para arremeter ¿Del otro lado? ¿Temor? ¿Dudas? Pies firmes, nuevos gritos y cantos. Hay rabia. No vamos a ceder la calle. Entre lxs nuestrxs se mantiene la posición y se van. La calle sigue tomada y ocupada por completo. Aparecen anécdotas del Juan, del Rucio, de alguna visita, de la cárcel, de alguna carta, alguna acción o de alguna actividad que se realizó por él. Un grupo de baile andino comienza a entonar una despedida y vuelve a dirigirse al ataúd.

Al llegar a Chile el 2010 Juan fue sepultado en el subterráneo de la sección de máxima seguridad. La prohibición y el castigo era total. Mantuvo durante meses un gendarme que lo custodiaba día y noche, “acompañándolo” a todos lados a una distancia máxima de 2 metros. Se le prohibían los colores y contacto con otros prisioneros. Meses más tarde aterrizan una decena de compañeros en prisión. Las batallas contra las prohibiciones y aislamientos internos se traducían en saludos pausados pese a los gritos y apuros de carceleros, contrabandear algún alimento y cuando teníamos suerte un libro o nota. La dignidad luchando en las restricciones más duras. “¿Cómo vamos juan?” “¡Vamos ganando!” Respondía desde aquel lugar donde ni el sol llegaba. “Vivo en la planta baja de este complejo, completamente solo, a pesar de que hay 8 celdas de similares características, éstas se mantienen vacías desde que estoy aquí, el pasillo tiene 4 cámaras, soy custodiado las 24 horas, en turnos de 8 horas, 3 gendarmes tienen la dedicación exclusiva a mi vigilancia”3.
2026. Amanece y a diferencia de aquel encierro, esta vez el sol sí llega cubriendo todo el patio del velorio. Con sus rayos el sol otorga una fuerte intensidad a los colores tras la lluvia. Es temprano y aún no se vuelve a repletar el espacio. Una docena de personas deambulan ordenando el sector, poniendo tablones sobre el agua, secando paños, cocinando -siempre cocinando-. Familiares de compañeros que compartieron el presidio en Rancagua llegan. Hay amargura y abrazos ¿Habrá algún nombre para ese tipo de relación? “La familia del compañero de mi familiar en prisión” ¿Parte de una gran familia? El hielo que aún quedaba en algunas esquinas se derrite, los abrazos y cariños deben haber aportado en algo a eso.
¡Saquemos al Juan al patio, hay más espacio! El cajón es cargado, el peso es tremendo. La tristeza parece que también pesa un montón. Flores, lienzos, fotos, propaganda, todo viaja con él hacia un escenario frente a un anfiteatro en el patio donde unos árboles hacen una perfecta sombra ante el reciente sol.
La foto es de prensa, ahí va un joven de 18 años completamente “reducido” rodeado de policías con las Uzis. Esposado. Una chaqueta de chiporro, mirando los escalones para no caer, tratando de levantar el puño. Tiene 18 años y venía de la incomunicación más dura y las torturas de la democracia. Seguido de esa fotografía, se encuentra un verdadero acierto. Se lo observa como fotógrafo durante las movilizaciones pingüinos del 2006, en aquel lapsus donde estudió periodismo en ARCIS. Sale inocentemente detrás de un policía y la dirigente estudiantil del momento.
-¿Amor en guerra? ¿Estás seguro?, no será amor y guerra o amor de guerra?
-¡Amor en guerra es!
Noviembre del 2013 nuevamente estábamos golpeados (¿cuándo no?) Había caído Francisco y Mónica en España4 y Carlos Quiduleo5 recientemente había culminado abruptamente sus más de seis años prófugo. Estábamos golpeados por varios flancos y el título del texto escrito por Juan desde aquel modulo J en el CAS es lo que es: “somos amor en guerra”.
“Estamos en guerra y no es una afirmación para constatar un estadio de confrontación clásica de aparatos. ¡Somos amor en guerra! Apostando por la subversión y la insurrección permanente, empuñamos convicción de vida donde nuestra práctica nos sitúa como enemigos del Estado, fuera de su entramado control social (…) Tomamos el rumbo indómito de nuestras vidas, las que junto a otrxs y de forma individual o colectiva combatimos el capitalismo y todo su hedor ideológico, hacer piel este somos amor en guerra es urgencia en la exigencia de este presente de resistencia y combate. Por tanto, es el brillo naciente de ternura y rebeldía en los ojos de nuestrxs cachorrxs hijxs en la sala de audiencia de un asqueroso tribunal acompañándonos (…) Es el grito de resistencia del mismo compañero libertario reivindicando la lucha de su pueblo mapuche y la resistencia anarquista (…) Son los rostros íntegros de sangre ákrata de nuestros hermanos monika y francisco -Rehenes del Estado capitalista español”6. Tiempo después repetirá la consigna, esta vez frente a los jueces que lo condenaran a 42 años de prisión.
El variopinto del público es total, una condensación de la vida de Juan se encontraba reunido para despedirlo. A pesar de la diversidad, el particular equilibrio consigue mantenerse e impide que se vea una mezcla forzada, es más bien natural todo aquel encuentro. Esta última jornada de despedida se abre con las palabras de Juan desde el Hospital Penitenciario: “La solidaridad no tiene patrones ni se hace esperar, irrumpe por cualquier rincón. Y, en forma de grito, rebasó la ventana el saludo abrazando los huesos maltrechos, acompañando el periplo entre camillas y sillas de ruedas”.7 Las palabras de compañeros desde la prisión son intercaladas con intervenciones de compañerxs. Sube Manuel Vergara a leer apuntes que nunca lee, desde Lo Hermida llegan saludos, inciensos se usan para despedir en medio de palabras de respeto, la teología de la liberación se pone la sotana para saludar a los padres de Juan, desde Wallmapu narran cómo la noticia recorrió todos los módulos de comuneros mapuche mezclando el saludo y la congoja. En la música, viejos solidarios que te acompañaron durante casi una década, una trova desde el puerto y entre todos aplaudimos para marcar el pulso en “la partida”. Juan, hubieses estado feliz en este funeral, en tu funeral.

Madre y padre de Juan
En 2021 cuando ocurrió el masivo traslado del CAS a la cárcel La Gonzalina en Rancagua, para su remodelación, fue lógico elaborar rápidamente una lista de aspectos negativos y positivos de este nuevo escenario. ¡Volantines! ¡Podían encumbrarse volantines! El patio algo más grande permitía el ingreso de viento que facilitaba la mecánica volantinera. El eterno artesano -en el amplio sentido del concepto- venia construyendo volantines cada septiembre desde hace varios años. Las visitas teníamos que arreglárnosla para cruzar Santiago con aquellos objetos sin que se rompieran. También lucía artesanía en cuero, empastado de libretas y cuanta manualidad se le ocurriera y pueda gestar. El ejercicio de elevar volantín adquirió un momento único, cuando hace un par de años se abrió la posibilidad para una visita especial, lejos del estrecho pasillo con horrenda acústica, en una suerte de patio interior de la prisión. En un minuto el volantín agarra con fuerza el viento y sube por los cielos, en el otro extremo Juan y su hija dirigen aquella aeronave de papel. 5, 10, 20, 30 metros, el carrete dando lo máximo y el volantín se transforma en una pequeña estrella diurna controlada a distancia. Ese día, la prisión no consiguió encarcelarte.
“Muere ex lautarista” dice la prensa, las redes sociales se inundan con noticias e imágenes del compañero. ¿Será esto la noticia del día, de la semana y luego dar vuelta la página e ir al siguiente acontecimiento? La trascendencia de este momento se encuentra marcada por distintas dimensiones. El estado carcelario ejecutando lentamente a uno de sus prisioneros. Lo hace y lo hizo con toda la crueldad imaginable, rechazando cualquier posibilidad de un respiro lejos de los barrotes… y hay que aprender de esto y saber dar la lucha oportunamente para que este no sea el destino de nuestros compañeros con condenas altísimas.
Desde el hospital penitenciario, el diagnóstico de cáncer en metástasis se trasformaba en una línea perpendicular a su trayectoria vital. El cuerpo comenzaba a resistir, a aguantar. Son varios días los que costó elaborar un texto de agradecimiento a la incipiente movilización por la salud, vida y libertad de Juan. Ordenar las ideas y recopilar lo que comenzaba a pasar fue una gran tarea en esas circunstancias. En papel finaliza el escrito que circula en un principio por interno entre afines: “Gracias por estar presentes y seguir soñando, por seguir navegando con vientos subversivos sobre aguas anárquicas, por llevar la brújula que transforma la palabra en acción”.8
Tras el sobrevuelo de un helicóptero policial y un dron, la pauta improvisada en un cuaderno llegaba a su fin. A las 16:00hrs viene la carroza y se llevaría el cuerpo del compañero a la funeraria para realizar posteriormente su cremación. Nuevo cambio de planes. Nos vamos todxs marchando hasta la funeraria. El ataúd es tomado por sus compañeros. Compañeros de causa, de vida, de lucha. Pesa. Pesa la historia, pesan las historias. Capuchas, gritos, afafanes, bengalas, fuegos de artificio. Juan Aliste Vega, Presente. Se desenfundan pistolas al aire. Lo mínimo para un irreductible e irremediable expropiador.

Freddy Fuentevilla y Carlos Quiduleo
La ruta se va trazando, la policía se mantiene a distancia, van niños, compañeros más viejos, conocidxs y desconocidxs, tapados y no tapados. Se montan barricadas para asegurar el paso. Se ajusta el caminar del ataúd a metros de la carroza: si arremete la represión, el cuerpo habría que entrarlo rápido a la carroza y protegerlo. Banderas, lienzos, gritos, más petardos, rostros tapados, capuchas negras. La policía comienza a dejarse ver. Blindados, lanza aguas comienzan a apurar el paso a escasas cuadras de llegar. Los pares de Moyano y Cares Alfaro están ahí, impotentes ante la dignidad y respeto, ante la combativa despedida. “Mata pacos como Juan Aliste” escribe con certeza un compa sobre una muralla, otrx lo secunda “expropia bancos como Juan”. No nos soltamos. Somos fuertes, somos muchos y cada uno vale por diez. Es también una demostración de fuerza, quizás es sobretodo una demostración de fuerza. Estamos despidiendo a lxs nuestros.

El cuerpo es dejado en la funeraria, el grupo se dispersa, la policía corretea. A la vuelta, una idea no deja de rondar. Cuando hablamos que la cadena perpetua o las largas condenas son condenas a muerte, está dejando de ser una consigna… ¡No es una consigna! La muerte de Juan es entre muchas cosas, prueba de ello. Así se ve, así se ejecuta una condena a muerte para un preso de larga condena, como los compañeros que aún tenemos en prisión purgando décadas de cárcel. La transversalidad en la lucha por su liberación, resulta algo a lo menos urgente.
Juan murió en combate, en combate contra la cárcel hasta el último suspiro. No solo lo dejaron morir, sino que permitieron y facilitaron su muerte durante meses. Solo puede entenderse como una ejecución por parte de los carceleros. No es solo una enfermedad, es la completa ausencia de un diagnóstico pese a los exámenes y finalmente los infinitos obstáculos para su última salida a la calle pese a las gestiones y recursos interpuestos. El Estado se muestra sin disfraz ni maquillaje. Un rayado parafraseaba con gracia a Bernales: “Juan Aliste murió en prisión. Los responsables, “no se duerman…los vamos a encontrar””.
La subversión deja de ser una consigna o categoría pasajera, se sostiene en momentos, muchos de los cuales estan desprovistos de toda épica, heroicismos, adrenalina o entretenimiento, sino que en deberes con nuestras propias decisiones, con nuestra propia historia y trayectorias, con responsabilidades con nuestros propios momentos y vínculos. En la calle, en la cárcel, en clandestinidad, en la vida y en la muerte.
Juan Aliste Vega… Juanito, Juan, Rucio. Nada ha acabado. Todo continúa.
Octubre 2026





1 Hans Magnus Enzensberger, El corto verano de la anarquía, España: Anagrama, 2018.
2 La tercera, “El año en que el hombre más buscado se refugio en Chiloe”, 18 de diciembre 2011. https://www.latercera.com/diario-impreso/el-ano-en-que-el-hombre-mas-buscado-se-refugio-en-chiloe/
3 Juan Aliste, La batalla por los sentidos, enero 2011. https://rojoscuro.blogspot.com/2011/01/la-batalla-de-los-sentidos.html
4 Mónica Caballero y Francisco Solar, compañerxs anarquistas caen detenidos en España en diciembre del 2013 acusados del atentado explosivo contra la basílica del Pilar.
5 En noviembre cae detenido Carlos Quiduleo, comunero mapuche, ex miembro del Mapu-Lautaro, acusado de haber participado en el asalto al banco security. Al momento de ser detenido grita ante la prensa: “¡Viva la resistencia mapuche, viva la resistencia anarquista!”
6 Juan Aliste, Somos amor en guerra, diciembre 2013. https://publicacionrefractario.wordpress.com/2013/12/19/somos-amor-en-guerra-escrito-de-juan-aliste/
7 Juan Aliste, Palabras del compañero subversivo desde el Hospital Penitenciario, septiembre 2026. https://informativoanarquista.afinidad.org/?p=7415
8 Juan Aliste, Palabras del compañero subversivo desde el Hospital Penitenciario, septiembre 2026. https://informativoanarquista.afinidad.org/?p=7415