(Kalinov Most#1 Octubre 2017) Contra la ley y contra el trabajo: Sobre los disturbios en el territorio francés.

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(Kalinov Most#1 Octubre 2017) Contra la ley y contra el trabajo: Sobre los disturbios en el territorio francés.

A modo de introducción

Para lxs anarquistas que apostamos por la insurrección individual y colectiva contra el sistema de dominación, siempre está presen­te la cuestión de que las actividades que quere­mos llevar adelante vayan en el sentido de una posible generalización del conflicto contra el Poder. Conscientes de que el hecho de insur­girse contra el estado de las cosas en sus múlti­ples y devastadoras expresiones es ante todo individual, no se trata para nada de posponer el ataque contra las estructuras y lxs represen­tantes del dominio, sino de tomar parte, en primera persona y con nuestras afinidades, en la guerra social, buscando ángulos para incidir en ella e intentando contagiar ideas y métodos antiautoritarios. Por ello vamos desarrollando proyectos de agitación ofensiva, impulsando luchas autónomas contra varios aspectos de la autoridad, sin esperar cualquier ilusoria “gran noche” donde se decretaría la finalización, o sea el entierro, de la, tan anhelada, revolución social. De hecho no consideramos los proce­sos insurreccionales y revolucionarios como algo lineal y acabado, sino como el fruto y el terreno de diversas tensiones, entre otras la tensión anarquista hacia la liberación total. En este sentido también nos importa estar atentxs a otras expresiones de rebeldía y preguntarnos si y cómo se podría favorecer la retro-alimen­tación entre ciertas dinámicas conflictivas y contribuir a crear rupturas consecuentes, tanto a nivel individual como colectivo.

La conflictividad social tiene diversas intensidades y formas según los contextos y los momentos. Sin querer reducir toda la complejidad de la guerra social en curso a ellas, en las últimas décadas en Francia algu­nas de estas formas han sido las revueltas en ciertos barrios a raíz de las actuaciones de los guardianes del Estado (la mayoría del tiempo asesinatos policiales). A menudo estas revuel­tas quedan circunscritas en un espacio reduci­do, donde terminan ahogadas en pocos días por la militarización del terreno y por la recu­peración política del conflicto, las habituales promesas de justicia y cierto clientelismo. Menos mal que las revueltas que se extendieron durante varias semanas en el 2005 vinieron a contradecir de manera estruendosa esta triste observación: tomaron una amplitud que superó de lejos su punto de partida con la propagación en el territorio y el tiempo de una infinidad de acciones destructivas contra objetivos variados (toda clase de instituciones, templos del consumo etc.). Así se pudo ver cómo, lejos de considerar a lxs jóvenes de la periferia parisina (donde dos adolescentes habían encontrado la muerte tras un control policial) como los únicos legítimos para rebelarse, muchxs cogieron este estallido de rabia en el que se reconocían como una oportunidad para atacar con más ardor lo que les oprime a diario; entre otrxs, lxs anarquistas no dudaron en aportar su llama a la revuelta. Por algunas (tal vez no tan) misteriosas razones, el fuego se propagó y dejó huellas en el tiempo, aunque se apagó por falta de oxígeno.

Otra forma bastante recurrente de conflictos, más o menos amplios en el contexto francés, son los llamados “movimientos sociales”, protestas que se han dado con bastante regularidad, generalmente en oposición a unas reformas – mientras otras luchas se oponen a proyectos concretos del Poder. Estas movilizaciones tienen distintos puntos de partida y características, pero en varios momentos también han constituido ocasiones en las cuales la rabia acumulada se desató, rebeldes de varios horizontes participaron en los disturbios atacando las fuerzas del orden, así como otros símbolos del Poder y de la mercancía. Esto fue por ejemplo el caso en el 2006 con la movida contra el CPE (contrato de primer empleo) en la cual jóvenes y menos jóvenes, entre otrxs también anarquistas, alimentaron la ofensiva.

Más recientemente, en el 2016, surgió otro conflicto de este estilo (aunque con sus características propias) en contra de una enésima reforma del Código del trabajo destinada a agravar aún más las condiciones de explota­ción: la llamada “Ley trabajo”, también cali­ficada de “Ley ¡trabaja!”. Si volvemos aquí sobre este episodio de conflictividad que se extendió durante cuatro meses con varias formas e intensidades en diversas ciudades del territorio no es para entrar en sus detalles, ni tampoco para hacerle un elogio incondi­cional. Queremos más bien con este ejemplo intentar ilustrar ciertas cuestiones acerca de la intervención anarquista en conflictos más amplios que no impulsamos.

¿Porque intervenir en ciertos conflictos?

A parte de la irreconciliable hostilidad hacia la autoridad que expresamos en nuestro actuar cotidiano, la participación en varios conflictos también depende de los potenciales y posibilidades que vemos en ellos, con la perspectiva de romper con los mecanismos tan habituales e integrados del Poder. No hace falta decir que, de entrada, quedan excluidas contestaciones con propósitos claramente reaccionarios, pero aun así ciertos conflictos tienen limitaciones que no despiertan las ganas o el interés de intervenir en ellos de otra forma que negativa. Puede ser ligado a su punto de partida (por ejemplo demandas parciales para preservar cierto status quo), como también a sus expresiones y a las formas organizativas que toman. Históricamente los sindicatos, de distintos índoles pero sobre todo ligados al partido comunista y a grupos izquierdistas, han jugado un papel muy importante en luchas reivindicativas y reformistas en el contexto francés. Como en todas partes, siempre cumplen su función de co-gestores de la explotación, buscando asegurar su trozo de poder, sus intereses y su posición de interlocutor de los patrones y del gobierno, pero para esto (al contrario de otros países), bajo ciertas condiciones y la presión de sus bases, pueden llegar a veces a defender o utilizar ciertos medios propios de la guerra social tales como sabotajes puntua­les, de los cuales reclaman el monopolio. Del mismo modo, en determinadas circunstan­cias pueden enfrentarse con la policía para establecer una relación de fuerza, mientras la mayoría del tiempo trabajan conjuntamente con ella para mantener el orden. Esto sirve para decir que los medios empleados durante un conflicto no indican en sí el grado de radi­calidad de éste. Por nuestra parte rechazamos decididamente participar en cualquier lucha al lado de organizaciones que la controlan imponiéndole sus pautas y servir de mano de obra instrumentalizada de intereses a los que somos totalmente contrarixs.

A la inversa, otras protestas tienen carac­terísticas que sugieren que no están bajo control y que se pueden dar posibilidades de superar su punto de partida inicial, como desbordar el marco en el que distintas instan­cias (sindicales, políticas, ciudadanistas…) lo quieren encuadrar. En el caso específico de la ley “¡trabaja!” es importante recalcar que el conflicto surgió en condiciones bastante peculiares : en pleno estado de emergencia después de los atentados yihadistas, mien­tras sonaba la propaganda estatal, llamando a la unidad nacional del rebaño ciudadano detrás de los sacrosantos valores republicanos y detrás de sus representantes uniformados, con la consiguiente militarización del terri­torio, las prohibiciones de manifestaciones y arrestos domiciliarios administrativos para personas consideradas como peligrosas para el orden público, entre otras, compañerxs. Las manifestaciones en contra de esta reforma no fueron las primeras en desafiar estas condi­ciones pero fue un paso bastante significativo que irrumpiesen en el clima de guerra contra el terrorismo y contra los enemigos interiores alentado por el Estado. También vale seña­lar que gran parte del descontento debido a condiciones de supervivencia cada vez más miserables a todos los niveles, se dirigió en contra del partido socialista en el gobierno por no haber cumplido sus promesas de “progreso social”. No es que veamos como una traición el hecho de que los partidos posicionados a la izquierda del tablero político promulguen leyes claramente en favor de una explotación más extensa de todo y todxs, pues esto les corresponde, pero la aversión bastante difun­dida contra la izquierda en el poder favoreció la profundización de la crítica de la política en sí, así como del circo democrático. Esta situación (además con vista a las próximas elecciones presidenciales y parlamentarias) también puso a los sindicatos en una posición poco cómoda: por su relación con el partido socialista varios tomaron la vía de la negociación y en un primer momento otros quedaron bastante rezagados, aunque concertando las fechas de movilización para no perder el control y más peso en sus propias filas.

Además, desde el principio apareció claramente que para muchxs esta ley solo era la gota que hacia desbordar el vaso y que cogían esta oportunidad para expresar su rabia y odio hacia un montón de otras cosas. Sin querer retomar categorías sociológicas (propias de expertxs, universitarixs y otrxs observadorxs exteriores) sobre sus componentes, varios bloqueos de escuelas e iniciativas de manifestaciones demostraron que estudiantes o alumnxs entraban en juego al lado de otrxs, trabajadores o no, con carné o sin él.

En París, los días de grandes manifestaciones, convocadas por la tarde, tuvieron lugar por las mañanas otras manis (no necesariamente autorizadas) impulsadas desde los institutos y/o las universidades pero a las cuales se juntó quien quiso. De entrada, salieron del marco laboral e implicaron un alto grado de conflictividad en contra de las fuerzas policiales, que tenían como consigna encuadrar estrictamente las movilizaciones, algo relativamente nuevo en Francia, donde antes grupos de manifestantes ágiles disfrutaban de cierta movilidad para pasar a la ofensiva. El hecho de que, pese a sus esfuerzos para aislar las partes más combativas bajo el lema “solo son vandalxs”, facilitando así mismo el sucio trabajo de los uniformados, las organizaciones estudiantiles fueran totalmente desbordadas, demostró que muchxs de lxs participantes al menos compartían cierta rabia y determinación.

En las manifestaciones más amplias de las tardes y, a través duros enfrentamientos con las fuerzas represivas (tanto policiales como de los servicios de orden sindicales), también se constituyeron partes autónomas combati­vas que fueron creciendo tanto a nivel cuanti­tativo como a nivel cualitativo.

Varios ecos proviniendo de otras ciudades donde surgieron disturbios o se iban desarrollan­do dinámicas conflictivas, confirmaron los deseos de apostar por una extensión y una profundiza­ción del cuestionamiento de lo establecido.

¿Unidad o rupturas?

Un conflicto no es algo homogéneo. De hecho, la diversidad de lxs participantes, con su individualidad, sus puntos de vista e ideas, se reflejan en él. Por supuesto, ciertas luchas se impulsan sobre determinadas bases con perspectivas, objetivos y métodos claros, pero estamos hablando de un conflicto que no tiene estas características.

Sin contar otros espacios como asambleas etc, decenas de miles de personas se encontraron en la calle, cada una por sus motivos (yendo de la demanda de retirar la ley del traba­jo hasta la rabia en contra del sistema, el odio de toda autoridad …) y su forma de enfocar el conflicto (democrática o no, en el estrecho marco de la legalidad o no, etc). A esto cabe añadir la presencia de grupos políticos intervi­niendo con sus perspectivas e intereses. No nos interesa aquí entrar en los detalles de los poli­ticuchos, que intentan llevar la rabia a cauces democráticos y hacia demandas “razonables” que pretenden cumplir en cuanto tengan el Poder. Tampoco nos extenderemos sobre el papel de los habituales apagadores de la revuel­ta, como los sindicatos y ciudadanistas, ya sabe­mos que tenemos que enfrentarnos con ellos en el camino hacia la libertad. Pero no son los únicos obstáculos, pues también entre lxs que quieren llevar el conflicto mucho más allá de su punto de partida en una perspectiva insurrec­cional y revolucionaria, un abismo separa lxs autoritarixs y antiautoritarixs.

Un punto común de lxs autoritarixs es la voluntad de hegemonía con los intentos de aglutinar el máximo de personas (les llamen “gente”, “pueblo”, “masas” u otras abstraccio­nes…) detrás de sí para dirigirlas hacia lo que ellos han definido como la meta. Así, abundan izquierdistas que, en tanto que vanguardia iluminada, pretenden concienciar a supuestos “sujetos revolucionarios” y prepararlos para la toma del Poder. Pero los mecanismos auto­ritarios y el populismo pueden vestir posturas aún más perniciosas, intentando, por ejemplo, reducir las tendencias antiautoritarias en algún frente común – mientras no tengan la fuerza de erradicarlas, por supuesto… Por lo tanto, tene­mos bien claro que la única relación que pode­mos tener con ellos es una hostilidad que plas­mamos tanto en el discurso como en la práctica.

En nuestra perspectiva anarquista no cabe la idea de tomar las riendas de cualquier conflic­to o de algún proceso insurreccional si se va dando. No buscamos alianzas con grupos u organizaciones que tienen perspectivas opues­tas a la emancipación, como tampoco buscamos convertir a nadie. Actuamos en primera persona con lo que somos y pensamos, buscando complicidades sobre esta base en el seno del conflicto, conscientes de que este no es estático sino dinámico y que el gusto de la libertad también viene auto-determinando su propio actuar.

En este sentido asumimos participar en este conflicto como minorías activas, o sea, como protagonistas anarquistas con nuestras ideas, ética, perspectivas y propuestas, que difundimos sin tregua pero sin buscar ningún consenso ficticio.

Así, más allá del juego de palabras que transformó “contra la ley del trabajo” en “contra la ley y el trabajo”, se planteó en palabras y hechos una crítica antiautoritaria de estos pilares del sistema de dominación, tal como la necesidad de acabar con éste a través de rupturas violentas; en contra de toda veleidad de reformar lo existente y de negociar los eslabones de las cadenas que nos oprimen; en contra de las estrategias del paso a paso. Como era de esperar, estos contenidos no recogieron ninguna unanimidad, pero suscitaron discusiones acaloradas y a veces guiños cómplices.

Las líneas de ruptura se plasmaron al interior mismo de los bloques más combativos. Dado los enormes dispositivos represivos destinados a impedir todo desborde haciendo un uso masivo de armas como balas de goma, granadas, gases, en un principio muchas energías se emplearon en enfrentamientos contra las fuerzas del orden y esto permitió aflojar el estrecho encuadramiento de las manifestaciones que pretendían imponer. No obstante, bastante rápido, notamos las limitaciones de una ofensiva que se limita a choques más o menos frontales contra robocops, no solo por la evidente desigualdad en la correlación de fuerzas, sino también por su aspecto ritualizado y sobre todo reducido. Más allá del reflejo condicionado que consiste en focalizarse prioritariamente en los uniformados, también se evidenció por parte de ciertos grupos una estrategia consistente solo en promover los enfrentamientos masivos contra la policía; por una parte porque les permitía encabezarlos de forma real, pero también espectacular, y, por otra, porque veían en el odio contra la policía (de hecho bastante compartido) un mínimo denominador común capaz de generar consen­so en la “muchedumbre”, pues razonan en estos términos, que no son nuestros.

Frente a estas veleidades de centralización y a la limitación de la revuelta que esto implicaba, otra opción consistió en desarrollar otros tipos de ataques, correspondiendo a una concepción descentralizada y antiautoritaria del conflicto, donde el ataque parte de la iniciativa de indi­viduos que se asocian para actuar directamente sin liderazgos y donde la ofensiva va mucho más allá de los guardias, apuntando a la destrucción de lo que defienden.

Así, surgieron varios grupos en el seno de los bloques que aprovecharon los márgenes de actuaciones abiertas para atacar una gran varie­dad de objetivos (entre los cuales destacaron los bancos, las agencias de empleo, de formación, de seguros, inmobiliarias, instituciones…).

Estos ataques a lo largo de las marchas no dejaron de suscitar varias críticas, no solo con los clásicos argumentos morales de la “no-vio­lencia”, sino proviniendo también de grupos partidarios de un “uso estratégico” de la violen­cia, que pretenden determinar ellos e imponer a lxs demás, según la lógica de no “dividir el movimiento” (negando así mismo su heteroge­neidad), de no alejar a la “gente” o de no asustar la “opinión pública” (otra ficción más construi­da por la propaganda mediática).

Demostrando que ni siquiera los pretendi­dos estrategas de alto vuelo detienen la ciencia exacta de los “ritmos del movimiento”, que la destrucción no es monopolio de nadie y que la rabia es contagiosa, los ataques se fueron multiplicando hasta tal punto que incluso cier­txs adeptxs del “todxs unidxs” tuvieron que cambiar de marcha. No obstante se dieron el mismo tipo de discusiones acerca de los obje­tivos de los ataques, nuevamente con el argu­mento del consenso, o, a la inversa, del disen­so que pueden generar. A la retórica, según la cual habría que adaptarse al actuar propio de la mayoría (o mejor dicho a lo que ellos piensa que ella piensa), y, por lo tanto, atacar solo símbolos de la explotación, beneficiándose de la legitimación del mayor número de personas posible (como los bancos por ejemplo), se opuso, a la vez, el actuar según otros criterios y la profundización de la crítica de lo que nos oprime a diario, identificando como enemigos los múltiples engranajes del Poder. Así, se enfrentaron estas posturas y dinámicas opuestas y ciertos ataques generaron una gran tensión en el interior mismo de los bloques combativos; como por ejemplo cuando algunxs encapuchadxs intentaron impedir el ataque al local de una asociación humanitaria (pese a su función de colaboradora del sistema y de explotación de la miseria) o cuando en varias ocasiones fueron atacados medios de comunicación, incluso alternativos, no solo por su papel de lacayos del Poder, sino también por participar de lleno en el chivateo y la espectacularización de la revuelta (lamentablemente ayudados en ello por la inmensa cantidad de cacharros tecnológicos al estilo Smartphone!). Esta manera de tratarlos chocó efectivamente con tácticas precisamente basadas en cierta imagen de sí y de los acontecimientos.

Sin duda las manifestaciones masivas y anunciadas que implican la concentración, al mismo tiempo, de decenas de miles de personas y de enormes dispositivos policiales, no constituyen el terreno más propicio para la iniciativa individual y a la auto-organización para la ofensiva. Al contrario, inducen, a menudo, a intentos de toma de control y lógicas de delegación y de seguidismo, por el gran número y por el terreno definido y marcado por otrxs. Por otra parte la formación de bloques, aunque sean combativos, dificulta determinar las condiciones del propio actuar sin poder tener una visión de conjunto de la situación.

En cambio lo que en Francia llamamos “manifestaciones salvajes”, en el sentido de espontáneas y ofensivas, ofrecen muchas más posibilidades de elegir su propio recorrido, su propio ritmo y sus objetivos. El efecto sorpresa, la gran movilidad y la diseminación en distintos grupos permiten desorganizar las fuerzas del orden y evitar su presión constante, lo cual da el aire indispensable, tanto a la toma de iniciativas, como en los intercambios, entre otros, en las prácticas destructivas.

No vamos a detallar aquí la gran cantidad de manifestaciones salvajes que han recorrido las calles de París, muchas de ellas de noche, a lo largo de estos 4 meses. En su transcurso fueron atacadas comisarias, incendiados coches policiales, reventados edificios públicos y saqueados supermercados, pero si para muchxs de nosotrxs fueron mucho más apasionantes e inspiradoras que las marchas más multitudinarias, no solo fue por la cantidad de destrozos que generaron, sino también por la creatividad a la cual dieron libre curso y por los encuentros que hicimos auto-organizándolas en el camino. Sería mentira pretender que estas manifestaciones enrabiadas hayan sido únicamente impulsadas por anarquistas, pero cierto es que en lugar de participar en el circo democrático, festivo y ciudadano de Nuit debout (equivalente de lxs Indignadxs en varias ciudades), muchxs antiautoritarixs tomaron la ocupación de la céntrica Place de la République como un punto de partida para expandir las hostilidades en la metrópolis y promovieron la proliferación de estas iniciativas con el fin de seguir sembrando el desorden.

Visto que la espontaneidad no constituye ninguna fórmula mágica para evitar los mecanismos de poder y de delegación, siempre tenemos que estar atentxs a combatir toda lógica de dirigir y/o controlar el curso de las cosas bajo el manto de la eficacia. Pero las iniciativas descentralizadas facilitan la expresión directa de los desacuerdos e incluso tomar la decisión de impulsar otra, tanto como abren espacio para cuestionar el fondo de la especialización y la jerarquización de roles.

La ilusión cuantitativa

Son varias las razones que pueden explicar que este conflicto se desinflara en junio del 2016. Entre otras se pueden mencionar la represión, cada vez más brutal, de las fuerzas policiales, destinada a apretar el nudo e imponer el miedo (de hecho hubo un montón de manifestantes heridxs de gravedad), la llegada del verano con las “vacaciones” incluso de la lucha (“para descansar del jodido cotidiano”) y la decisión del gobierno de promulgar la ley sin más dilaciones ni debate parlamentario, pero aliviada de unos de sus puntos más contestados. Fuera como fuese, cuando los sindicatos silbaron el fin del partido, la inmensa mayoría se volvió pa’ casa.

Un error importante en este conflicto radicó en el hecho de que muchísimas de las actividades se calcaron en una agenda definida por instancias ajenas como los sindicatos y Nuit debout. Por cierto, se enfrentaron sus lógicas y dinámicas pero, a la vez, se utilizó su calendario (las fechas de movilización que en un principio se sucedían a un ritmo acelerado, acabaron espaciándose según la clásica estrategia de ahogo de las energías), incluso para impulsar iniciativas autónomas.

Puede haber varios motivos para ello, pero en nuestra opinión refleja sobre todo un problema profundo dentro del movimiento libertario, ligado a la concepción misma del conflicto y de la intervención en él. Muchas veces, la ofensiva se concibe, no como un conjunto de prácticas individuales o colectivas, sino, esencialmente, bajo sus formas más masivas, por lo cual la intervención se limita a participar en momentos de lucha callejera, por supuesto, con criterios propios, pero todavía en una óptica principalmente cuantitativa.

Desde hace muchos años se van desarrollando en Francia críticas anarquistas del llamado “movimentismo”, las cuales, sin negar los potenciales de ciertos “movimientos sociales”, plantean a la vez la necesidad de impulsar luchas propias en cualquier momento y, en ocasiones más amplias, de imaginar posibilidades para expandir y agudizar el conflicto independien­temente del número de personas.

En este conflicto particular, locales y sedes de sindicatos fueron el blanco de varios ataques nocturnos. Otra propuesta fue alterar la norma­lidad más allá de los momentos de lucha calle­jera, con la idea de sabotear el funcionamiento de la rutina cotidiana de la explotación y de la dominación, no a través de la concentración de un gran número de personas, sino multiplican­do las acciones de pequeños grupos. Se apuntó que, más allá de sus fachadas y vitrinas, el Poder también se produce y reproduce a través de una infinidad de flujos de informaciones, de comunicaciones, de transportes, que dependen de tantas infraestructuras que a su vez pueden ser atacadas… Pero aunque unos bloqueos del transporte demostraron que la creatividad, la determina­ción y medios rudimentarios pueden mucho para poner piedrecitas en la maquinaria, hizo falta que esta propues­ta se desarrollase y ampliase para extender el conflicto en el espacio y el tiempo.

Conclusión inacabada

Con la cuestión esencial de cómo contribuir a crear rupturas profundas en el curso normal de la dominación para abrir posi­bilidades de, por fin, acabar con ella, también se abre todo un abanico de preguntas y de expe­rimentaciones. Con la certeza de que en este texto solo esbozamos algunas pistas de inter­vención anarquista, esperamos que, más allá de las fronteras, se vayan retro-alimentando con análisis y reflexiones, desarrollándose con dinámicas de lucha y de ofensiva destinadas a subvertir lo existente en pos de un trastorno profundo tanto individual como colectivo.

***

Estamos en contra del trabajo

Porque estamos en contra de un sistema que se fundamenta en la explotación de todo y todxs.

Porque los administradores de este mundo transforman todo lo vivo en mercancías y envenenan el planeta entero.

Porque esta sociedad no nos ofrece nada más que la puesta forzoza al trabajo, algunas migajas para sobrevivir o el encierro para lxs indeseables y lxs refractarixs.

Porque el trabajo significa vender nuestro tiempo, nuestras energías, nuestro cuerpo y nuestra mente a patrones, jefes y maquinas.

Porque el capitalismo y el Estado pretenden hacerse con todos los aspectos de nuestra vida y nos desposeen cada vez más de toda autonomía y hasta incluso de los sueños de algo realmente diferente.

Porque este sistema de producción desenfrenada no deja ningún intersticio de afuera, donde cada unx podría decidir libremente de sus actividades.

Porque papá Estado solo garantiza algunos derechos a cosa de nuestra libertad: es el mismo quien suelta sus guardianes por la calle, quien crea y militariza las fronteras y quien está haciendo la guerra a lo largo y ancho del globo.

Porque las reestructuraciones (que llaman « crisis ») implican el endurecimiento de la miseria, del canibalismo social, de las técnicas y de las tecnologías de control.

Por todas estas razones, y por otras muchas más, estamos no solo en contra del trabajo, sino sobre todo en contra de un mundo que hace de él tanto un pilar como un horizonte insuperable.

Si no queremos reformar la longitud de las cadenas que nos aprietan, sino realmente destruirlas, no hay ni negociación ni dialogo posible con el poder, sea cual sea.

Se trata pues de llevar esta lucha más allá de los límites que tratan de imponerle todos aquellos quienes tienen interés en ahogarla en los estrechos marcos existentes (entre otros los políticos y los co-gestores de todo orden).

En lugar de seguir las agendas fijadas por otros, se trata de extender la revuelta decidiendo nosotrxs mismxs en contra de qué la queremos expresar, imaginando mil modos para subvertir este mundo, asociándonos y autorganizándonos sin jefes ni jerarquía, tomando la iniciativa tanto individualmente como colectivamente, siempre a través de la acción directa. Así se vuelve posible enfrentar los poderosos quienes pretenden dictarnos su ley, para acabar con la guerra permanente que nos libran a golpe de autoridad, de pasta y de policía.

Los grandes eventos ciudadanos y mediáticos están concebidos a fin de reducir la revuelta a una mera indignación democrática y para regresarla al rebaño de la política y de la representación. Por el contrario, atacar directamente lo que permite a este sistema funcionar y hacernos funcionar abre posibilidades de arrancar el espacio indispensable para desarrollar otras relaciones.

Los bloqueos y los sabotajes no son meras consignas, sino practicas reales abriendo caminos para salir de la rutina de la explotación y de la lógica del consumo, y hasta incluso del espectáculo de la protesta.

En efecto, mientras los metros están transportando el ganado humano, mientras la corriente eléctrica está alimentando las fábricas de muerte y los laboratorios del control, mientras el dinero sigue circulando, mientras las pantallas siguen difundiendo la propaganda, mientras las fibras y las antenas aseguran nuestra dependencia, mientras las arterías de la ciudad imponen su ritmo a nuestros cuerpos y nuestras mentes, mientras…

… entonces rompamos el trajín cotidiano!

[Volante distribuido en París en varias manifestaciones]